Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol, 29-04-2026. Asistimos estos días a una polémica encendida y extendida. Y tiene lugar en medio de este tiempo pascual que nos habla de un nuevo nacimiento, de una nueva vida, de la nueva creación, de una luz brillante fruto de la Vida que surge del Resucitado. El cristiano, en la Pascua, renueva su bautismo que le eleva sobre la naturaleza para abrirle a nuevos horizontes más humanos y humanizantes. Se trata de un golpe de vida que nos lleva a apostar por esta, en toda circunstancia y lugar, y por una vida digna siempre.
Este acontecimiento es una llamada permanente a la conversión, a no seguir los criterios del mundo sino a vivir como hijos de la luz y del resucitado, “buscando los bienes de allá arriba”. Como toda conversión, supone un cambio de mentalidad, de manera que la fuerza del Evangelio vaya configurando «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación” (Pablo VI). El cristiano, por tanto, tiene una manera diferente de mirar los retos que se le presentan para descubrirlos más divinamente y, por ello, profundamente humanos. A ello le convoca la gracia.



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